Aldea Global

Opinión

FUTURO / Cuando se caigan a pedazos las paredes de esta gran ciudad

(Por GABRIEL FERNÁNDEZ *) Con este anhelo de obtener inormación presente para proyectar el mediano plazo, nos vamos encontrando con datos trascendentes a la hora de mirar más allá. Esta vez nos asomamos al abismo pues, en la búsqueda, fuimos hallando registros temporales demasiado cercanos. La noticia del día es la siguiente: el planeta puede colapsar entre los próximos 200 y 400 años. Si la aseveración no estuviera corroborada –en hipótesis a futuro, claro- por las investigaciones científicas más serias, si sólo fuera una advertencia asentada en creencias apocalípticas, no estaríamos redactando este texto. Parafraseando al No me lloren, crezcan, podemos decir: No se asusten, lean.

Los registros más avanzados sostienen que la Tierra puede perdurar unos diez mil millones de años; el período de vida de nuestro Sol. Ahí se acabará todo. Pero es demasiado tiempo y hacerse problema por semejante tramo resulta fútil. Otro cantar es preocuparse por el “largo” plazo cercano, asequible, en el cual habitarán generaciones todavía ligadas a las presentes. Recuerde, lector, que recién superamos por una década el bicentenario de nuestra Nación como entidad políticamente constituida. Es decir, dos siglos hacia adelante es poca cosa, aun si consideramos la estrechez temporal de la vida humana promedio.

Lo cierto es que el calentamiento avanza con intensidad y que, simultáneamente, crecerán la temperatura y el nivel de las aguas. Andando el tiempo, habrá menos regiones habitables y más población. Al superar los 300 años hacia adelante, vivirán más de 30 mil millones de personas sobre el globo. Las distorsiones climáticas se están originando en las entrañas mismas del hogar común y en su desarrollo la actividad industrial humana apenas incide, desarticulando por el peso mismo de la realidad cualquier advertencia ecologista radicalizada. Es decir: a esta altura del partido, a la Tierra le toca calentarse, así como en el pasado sus componentes tendieron al congelamiento.

Créame: estos procesos están bien estudiados. Contienen ecuaciones complejas y mediciones proyectadas matemáticamente con altísima probabilidad de concreción que, en el mundo científico, han dejado atrás propagandas y campañas atravesadas por meras opiniones. Lo enunciado es el modo más sencillo que encontramos para comunicarlo. Es a partir de la admisión parcial de estos anticipos que arranca un debate en el cual la interpretación abre senderos diferenciados y puede ofrecer, aunque más no sea de modo provisorio, una salida.

Entonces: frente al panorama en perspectiva, surgen ideas elementales bastante conocidas. Están los que evalúan la necesidad de aniquilar una parte de la población mundial, aquellos que suponen la desindustrialización como un paliativo y los que sueñan con controles estatales a escala planetaria que disminuyan algunas secuelas sobre bases indetenibles. Con los datos a mano, ninguna de las opciones tiene sentido práctico y sólo la tercera, algún perfil de aplicabilidad. Para nosotros es visible que el intento de resolver satisfactoriamente el problema radica en la combinación del interés profundo del Viejo Topo en el orden integral con dos caminos a transitar de modo simultáneo: hacia afuera y hacia adentro.

Hacia afuera implica, claro, la adecuación de otros planetas para la vida humana. Para darse importancia los divulgadores hablan de terraformación. El asunto suena bien para quienes amamos la ciencia ficción pero ofrece dificultades demasiado importantes que faciliten zanjarlas con un cambio de escenografía. Pues no es posible viajar más rápido que la luz; por tanto, a lo sumo y extremando el optimismo, la humanidad podría forjar ambientes favorables en la Luna y en Marte. Intentar ir más allá en apenas 200 o 300 años sería un equivalente a la espera del colectivo 93 que fatiga la paciencia de los ilusos potenciales pasajeros. Y que quede claro: no se puede andar por cualquier lado de la galaxia sin traje protector y oxígeno, como hacen los de Star Trek.

Hacia adentro implica zambullirse en los mares. Esos sí que están bien cerca y en crecimiento. Al igual que en la opción previa, la traba se basa en el volumen de la tecnología a emplear y de la energía generada para el sostenimiento de un espacio perennemente artificial, a menos que logremos mutaciones que favorezcan la respiración bajo el agua. A diferencia de la posibilidad espacial, donde una vez configurada la atmósfera –enorme esfuerzo tecnológico y energético mediante- la vida podría desplegarse por sí sola sin equipos de mantenimiento necesariamente permanentes e infalibles. Es decir: si algún factor de una ciudad construida bajo las aguas llegara a fallar, con un buen plomero no bastaría. Además, una cosa es tener perros como mascotas y otra, tiburones.

Vamos al fondo del asunto: pensamos que la única opción que tiene el ser humano es apostar, ahora y con todo, al desarrollo tecnológico de alta gama. Para empezar, la nanotecnología y simultáneamente, la ingeniería aeroespacial y la marítima. Junto a ellas, las investigaciones relacionadas con la salud y la supervivencia en distintos ámbitos. Y por supuesto, el resto de las actividades científico técnicas concatenadas. Sólo a partir de un impulso fenomenal de esas disciplinas es posible delinear el camino a seguir con cuatro objetivos vitales: sostener una parte de la población mundial en la Tierra (calentita, un tanto tropical, pero habitable), otra en la Luna (probablemente con tecnología cerrada más cercana a la marítima), en Marte (gestando ahí sí un medio ambiente terrícola) y en los mares (olvidando a priori el fondo –presión- y trabajando sobre zonas medias).

Para fastidio de los cientificistas, de los neutros y de quienes creen que ser Buenos es la solución, llegamos por tanto a una idea feroz, que no podemos evitar: eso es política. Pues modelos que transfieren los recursos de la investigación hacia la renta y sólo atisban en el horizonte la ganancia inmediata, impiden cualquier tipo de iniciativa destinada a afrontar esos desafíos. Si los estados, a lo sumo mediante asociaciones con empresas privadas –muy controladas- no invierten el grueso de sus recursos en ciencia y técnica conducida por el objetivo claro de la supervivencia, este camino hacia la continuidad de los ñatos que componen esta loca humanidad, no se concretará. Cada día que pasa, por estos tiempos, con el potencial de Europa y los Estados Unidos orientado a la acumulación sinsentido de bonos y billetes en detrimento de tubos de ensayo y avances científicos genuinos, estamos más lejos de hallar una posibilidad para nuestro futuro.

No hay extraterrestres a quienes pedir ayuda. Si andan por algún lado de este gran Universo en expansión, están tan lejos que cuando se enteren de nuestros problemas los mismos ya se habrán resuelto para bien o para mal. Por lo visto –Hubble- la vida en la Tierra es un raro proceso sin parangón que habilita su caracterización como “único”. Esta maravilla habilita, también, las premisas de quienes la evalúan como el resultado de una voluntad divina, ya que todo puede explicarse… una millonésima de segundo después del Big Bang, pero no antes. Es razonable que muchos piensen que Alguien apretó el gatillo, porque le pareció bien. Y porque podía hacerlo.

Sin embargo, la ayuda que puede llegar desde Allí ya está en este presente. Se trata de la combinación de pasión y razón que acompasa el andar del ser humano. Con Fe y Trabajo, es decir, con Política, puede resultar posible llevar adelante una empresa ciclópea como la que tenemos por delante. Sin la canalización de las energías adecuadas sobre la investigación científico técnica, orientadas con certeza sobre los objetivos trazados, cagamos fuego. Un montón de gente apiñada en un terreno reducido y caliente, sin lugar para canchas de fútbol y con recursos en baja. Ese será el panorama apenas dentro de unos 300 años y se empezará a sentir, seriamente, en el siglo venidero.

Ojalá el lector sepa desmalezar los datos aquí brindados del humor intercalado. Esta es una nota periodística, no un artículo para publicaciones científicas. Ahonda en la descripción de problemas con el objetivo de ponerlos blanco sobre negro y aligerar su difusión para que se conozcan y gesten algún tipo de conciencia. Todos los desafíos planteados surgen de las investigaciones de quienes se han despojado de presiones comerciales, toman la realidad en proyección y la narran. Lo importante es esto: de la resolución honda de las batallas políticas presentes en el planeta surge la perspectiva de una solución. El reposicionamiento de un proyecto como el que en la Argentina denominamos oligárquico a modo de hegemonía global –rentístico, antiproductivo, anticientífico-, ni siquiera dañará a sus descendientes: evitará que existan.

Algunos pensarán que esto es tremendismo. Es fácil suponerlo aquí y ahora. Otros, que en ese largo plazo al cual nos referimos estaremos todos muertos. Si, salvo los que estén vivos por esos tiempos.

  • Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica / Sindical Federal

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